‘Un alcalde que no es normal’: la crónica que se hizo documental y gana festivales de cine

El documental ‘El alcalde’, basado en una crónica de Diego Enrique Osorno para la revista Gatopardo, resultó ganador del premio a Mejor Documental en el ‘Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias’ -FICCI 2013- en una sección en la que participaron doce largometrajes de no ficción.

Codirigida por los realizadores Emiliano Altuna y Carlos Rossini, además del propio Osorno, la película cuenta la historia de un político sui generis en el panoramana mexicano: Maurico Fernández Garza, el alcalde del municipio norteño de San Pedro Garza García.

Una ventana a México a través de un hombre de clase alta, talante antipolítico, declaraciones explosivas y estrategias poco ortodoxas para “agarrar al toro (el crimen organizado) por los cuernos”.

PRESENTAMOS AQUÍ ALGUNAS PALABRAS DE OSORNO SOBRE LA HISTORIA DEL PROYECTO, MÁS LA CRÓNICA ORIGINAL Y EL VIDEO PROMOCIONAL.

El origen del documental:

Diego Osorno Por Haydee Villareal

Diego Osorno. Foto: Haydee Villareal

Diego Osorno es un cronista en pleno ejercicio, y aunque ‘El Alcalde’ es la primera película en la que se involucra plenamente , antes había sido asesor de documentales y una serie de televisión, y había hecho investigación para algunos filmes. En una entrevista reciente con Publimetro contó cómo se inició esta travesía audiovisual, cuyo punto inicial fue su crónica ‘Un alcalde que no es normal’, publicada en la revista Gatopardo de diciembre de 2009.

 “La primera vez que entrevisté a Mauricio (Fernández Garza) me dijo que apoyaba la legalización de la mariguana. Esa declaración era totalmente provocadora y no encajaba en el manual de lo políticamente correcto. Aun más en el caso de alguien como él, que en ese entonces aspiraba a la gubernatura de Nuevo León y que luego perdió, no sé qué tanto por declaraciones tan francas como ésa. Ahora muchos políticos opinan a favor de la legalización. Hasta hay una comisión de expresidentes latinoamericanos promoviéndola. Una década después, estar a favor de la legalización se volvió algo políticamente correcto. Pero Mauricio Fernández, teniendo intereses políticos concretos, se arriesgó a decirlo cuando no era conveniente decirlo. Supongo que desde ese momento me interesó como personaje”.

“Por lo regular, como periodista, trato de evitar a los políticos. Me parece que la mayoría miente y eso resulta incómodo para cualquier persona, no sólo para nosotros los periodistas. Quizá, no sé, lo que me atrae de Mauricio es su naturaleza antipolítica, que lo hace hablar como habla, aunque obviamente también es un político que hace política desde su peculiar posición”.

“Desde aquel entonces he seguido su trayectoria (…) Escribí un perfil de él para la revista Gatopardo y de repente ya estaba con dos excelentes cineastas, Carlos Rossini y Emiliano Altuna, poniendo manos a la obra en el documental”.

De la crónica al cine

“Me gusta el cine, pero estoy en plena fase de aprendizaje. A Carlos Rossini y a Emiliano Altuna les he tratado de aprender al máximo con el proyecto. El lenguaje cinematógrafico tiene sus diferencias con el lenguaje periodístico, pero en el fondo ambos están construidos sobre el mismo andamiaje narrativo, así es que eso complica menos las cosas”.

“Creo en lo subversivo que puede llegar a ser el contar bien una historia compleja. Por eso estoy implicándome lo más que puedo en aprender a hablar con las imágenes. Y obviamente quería empezar por la ciudad donde nací, sobre todo ahora, cuando hay tristezas que la van ahogando en la incertidumbre todos los días.” (Ver entrevista completa de Publimetro)

VIDEO PROMOCIONAL DE ‘EL ALCALDE’

LA CRÓNICA:

Un alcalde que no es normal

La historia de Mauricio Fernández Garza, el alcalde del municipio más rico de México

Por Diego Enrique Osorno

 

Cortesía Gatopardo

Cortesía Gatopardo

I

MAURICIO FERNÁNDEZ GARZA recibió un estruendoso aplauso que se prolongó durante poco más de tres minutos en el Auditorio San Pedro. Acababa de anunciar la muerte de un mafioso antes de que la policía encontrara su cadáver en la ciudad de México y dijo que pasaría por encima de la ley para combatir al crimen en el municipio de San Pedro Garza García. Estaban presentes dos ex gobernadores, un general del Ejército, diversos empresarios y delegados oficiales de los tres poderes del Estado.

Luego de la ovación, Mauricio dio una conferencia de prensa en los camerinos del teatro, para después dejarse querer en el lobby del foro donde lo mismo se dan conciertos de cámara que shows del comediante Polo-Polo. Cuando apareció en el vestíbulo principal, algunos de los más de 300 invitados a la ceremonia, aún emocionados, probaban canapés y bebían vino blanco. “Ésos son huevos”, le dijo al oído un dirigente de empresarios locales mientras lo abrazaba y le arrugaba la solapa del traje negro. “Eres un valiente, Mauricio”, siguió Gilberto Marcos, ex conductor de televisión y presidente de la Federación de Colonos de San Pedro, uno de los principales grupos civiles de la localidad.

“Estuviste maravilloso”, exclamó mientras abría los brazos el priísta Jorge Treviño, ex mandatario de Nuevo León. “Cómo nos hacías falta”, “Tú si los tienes donde deben estar”, “Te la van a pelar”, continuó el coro de voces excitadas que escuchaba el alcalde mientras se abría paso con Carlos Reyes, su jefe de escoltas detrás, vigilante de cualquier situación inesperada.

“Ya te renunciaron 15 policías, después de que escucharon tu discurso”, bromeó un cónsul. “No vas a cambiar nunca”, le dijo con cariño una anciana que traía el pelo relamido, un vestido azul chillante y lustrosos brazaletes en las muñecas. Ella le pidió que posaran juntos para una foto.
 Diez minutos después Mauricio salió del auditorio, dejando atrás un público aún emocionado con su nuevo alcalde.

—El anuncio de la muerte de Héctor El Negro Saldaña fue algo muy fuerte —le dije mientras se subía a su camioneta, que iba escoltada por otras cuatro llenas de hombres armados.

—Pues sí, porque nadie sabía.

—¿Es un mensaje para los otros criminales?

—Sí, cómo no, sin duda, porque si partes de la base de que era bastante obvio que él me quería matar, y bueno, pues resultó muerto el día en que yo me siento en la alcaldía. Es un buen mensaje.

—Fue como advertirle a los tres poderes del Estado y a la sociedad de que ibas a hacer muchas cosas…

—Bueno, de hecho, si tú quieres fue una presentación un poco violenta, porque dije públicamente: “Me voy a tomar atribuciones que no me corresponden”. Yo siento que como está el país no lo vamos a arreglar, y de aquí pa’ que las cosas cambien, pues yo no me voy a poner a esperar.

II

Cuando uno viaja en el mismo vehículo que los hombres que se encargan de cuidar la vida de Mauricio Fernández, el cuerpo se pone alerta. Voy en una suburban que está a la vanguardia del convoy del alcalde. Acabamos de salir del auditorio donde rindió protesta. El llavero del conductor tiene la imagen de un cristo que a veces, con el vaivén, choca con la AR-15 que tiene a un lado, cargada y lista para ser usada en cualquier instante.

La caravana avanza. Rebasa de manera espectacular, rechinando, a un Camaro amarillo. Después, el convoy se pasa un semáforo en rojo para llevar al Palacio Municipal al alcalde recién asumido. En la camioneta en la que viajo, los escoltas llevan una maleta con cambios de ropa, latas de comida, cepillos de dientes y varias metralletas. La rutina de estos hombres será tan incierta a partir de hoy, como la de su jefe Mauricio.

Ya en el Palacio Municipal me sorprendo de saber que el abogado Hiram de León, uno de esos juristas que hasta en las fiestas habla como si estuviera en un juzgado, será el encargado de vigilar el cumplimiento de las leyes en el nuevo gobierno, aunque su titular haya decretado que burlará la Constitución. Así como Mauricio es famoso por su estilo desenfadado, Hiram lo es por su mesura. Otra sorpresa es que el secretario del Ayuntamiento será Fernando Canales Stelzer, hijo del ex gobernador y empresario Fernando Canales Clariond, antiguo adversario de Mauricio, con quien parece ha hecho una especie de pacto político.

Mientras se desarrolla la sesión protocolaria de cabildo, algunos miembros del equipo del alcalde me confiesan en voz baja que tienen miedo. Dicen que quisieran tener la certeza de que no es demasiado peligroso lo que está haciendo su jefe, de que lo que dijo hace unos minutos en la toma de protesta no va a terminar provocando que un día entre al palacio un comando armado echando bala, o bien, que algún sicario lance una bomba.

Al terminar el acto oficial entre bostezos generalizados, Mauricio va a comer a la Barra Antigua, un restaurante con los mejores tacos de ternera de la ciudad, donde ya lo esperan tres de sus hijos, quienes han venido del extranjero sólo para estar con él en este día especial. El alcalde me invita a acompañarlos y una vez sentados en la mesa, uno de sus hijos le platica de sus mejoras para disparar el rifle. Otra hija es la que escapó de ser secuestrada hace un par de años y en este momento habla cariñosamente con su padre, a la vez que lo llena de abrazos. Poco después se aparece el asesor israelí que Mauricio ha dicho públicamente que le ayudará en temas de seguridad. El hombre apenas habla durante la comida.

Al cabo de una hora, y sin probar postre, Mauricio anuncia que iremos a la casa de Márgara, su madre. Mauricio es el segundo de los hijos de la mujer que con más de 80 años de edad es una de las grandes personalidades locales de la cultura y el mundo empresarial. Los otros hermanos de Mauricio son Alberto, el primógenito, ex presidente de la Coparmex; Balbina, quien hace poca vida pública; Alejandra, que pertenece a una corriente distinta a la de Mauricio dentro del Partido Acción Nacional (PAN), y Álvaro, el más joven, quien lo sustituyó hace un par de años como representante de la familia ante el consejo directivo del Grupo Alfa.

—¿Eres el consentido de tu mamá?—pregunto mientras vamos a las camionetas.

—Mi madre no es de consentimientos —contesta de tajo.

A los pocos minutos llegamos a la mansión de Márgara Garza Sada. Mauricio entra y los escoltas y yo esperamos cerca de 20 minutos afuera. Al salir, el alcalde recién asumido se ha quitado ya el saco negro y la corbata a rayas para andar sólo con una camiseta blanca y el pantalón negro del traje. Nos dice que iremos al Club Deportivo de Cazadores a que su hijo dispare un rato. Tras llegar al lugar, los otros tiradores ponen cara de inquietud ante el imponente convoy, pero una vez que miran a Mauricio bajar de una de las camionetas, todo vuelve a la calma. Uno de los hombres que está en el sitio, vestido con pantalón Wrangler, camisa colorida y botas vaqueras de piel de avestruz, le grita: “¡Ese mi alcalde, es usted un chingón!”. Mauricio responde solamente con una sonrisa y sigue caminando hasta una palapa (quiosco de techo pajizo), donde se pone orejeras para que no le lastime el sonido de los disparos. Ahí, su hijo saca de su estuche un rifle del tamaño de una boa y se alista para enseñarle a su padre la mejoría con el arma. Pero un empleado del club llega a avisar que la máquina que lanza los blancos móviles se ha estropeado hace apenas un instante y que será imposible que el alcalde y su hijo la utilicen para disparar. “Chingado, hombre”, se lamenta Mauricio y anuncia la retirada a su equipo de seguridad, el cual ya había hecho un discreto perímetro de vigilancia alrededor de la palapa.

Construyó su casa en una colina a partir de unos techos que pertenecieron a William Randolph Hearst, el magnate que inspiró el personaje de ‘El CiudadaNo Kane’, la película de Orson Welles.

Atardece y Mauricio me invita a su casa para que platiquemos con calma. Recorremos la colonia El Rosario, donde las casas tienen el tamaño de una manzana entera y se estima que en cada cochera hay un promedio de seis automóviles. Subimos por una calle sinuosa las laderas del cerro Chipinque, donde también hay viviendas pero en realidad ya hay más ardillas que seres humanos. En la parte más alta queda La Milarca, la residencia del nuevo alcalde, quien tiene una fortuna valuada en 800 millones de dólares, según algunas revistas de negocios. Su hogar es una especie de castillo que se construyó hace 20 años a partir de unos hermosos techos mudejar de los siglos XIII y XVI que habían pertenecido al estadounidense William Randolph Hearst, recordado contra su voluntad como el “Ciudadano Kane” de la película de Orson Welles. Jorge Loyzaga, arquitecto preferido de familias ricas de la ciudad, como los Junco de la Vega, dueños de los diarios Reforma y El Norte, se encargó del proyecto. Dentro de la mansión, llamada La Milarca en honor a un personaje de la literatura medieval, las colecciones de arte popular mexicano se entremezclan con el cráneo de un tricerátops en la sala; una escultura de Rufino Tamayo, en el jardín, con las cabezas humanas reducidas por jíbaros; una pintura de Julio Galán con aerolitos que cayeron en Argentina, y una colección de mapas antiguos con la piel de un oso cazado por Mauricio. El arquitecto japonés Tadao Ando, quien visitó este sitio hace unos años, le escribió semanas después a Mauricio una carta en la que le dijo que La Milarca es “una obra de arte”.

—¿Cómo te ves a ti mismo? Muchos te ven como el rico excéntrico —le digo, mientras nos sentamos a conversar.

—Yo me veo como yo soy. Cada vez he aprendido más a verme como a mí mismo, ya sin confrontarme.

—¿Por qué te gusta transgredir?

—No es que me guste eso.

—Hoy lo hiciste con tu discurso y lo has hecho otras veces.

—Mira, yo por un rato batallé mucho para entenderme a mí mismo. No sé cómo decírtelo. Sentía que iba muy cruzado a las cosas, no en la corriente. Pero luego también me empecé a dar cuenta de que tenía capacidad de cambiar cosas y que en realidad los que iban en la corriente eran una masa que nunca cambiaría nada.

La plática tiene lugar en la cocina de La Milarca. Entre los dos hay una botella de tequila reposado que conforme pasa el tiempo y las palabras, se va quedando vacía. No hay nadie más en casa, salvo Frida, una mapacha que hace un año llegó y se hizo la mascota preferida de Mauricio. De vez en cuando, Carlos Reyes u otros de los escoltas personales del alcalde, cargando su AR-15 como guitarra, se asoma por la ventana con discreción.

Mauricio habla con orgullo de sus hijos y de su paso por la vida. En algún momento le pregunto sobre sus experiencias como cazador en África, donde dice que una vez perdonó de morir a un león, ya que le pareció demasiado inocente. En cambio, cuenta a detalle cómo mató a un leopardo, a un hipopótamo y a un elefante. Me aconseja que si algún día trato de matar uno, además de valentía y buen tino, procure cargar con suerte.

“Fue maravillosa la primera vez que yo maté uno”, dijo. Eran los ochenta y el Parque Nacional Tsavo, de Kenia, una de las congregaciones de elefantes más grandes que hay en el planeta, autorizó la cacería de estos mamíferos gigantes, a causa de una sobrepoblación que ponía en riesgo a las demás especies. Mauricio viajó para allá en cuanto supo. Acompañado por un asistente africano que le cargaba las municiones y el resto del equipo, anduvo de safari varios días hasta que dio con un paquidermo. Tras esconderse entre la vegetación durante varios minutos, Mauricio apuntó con su rifle .458 a los codillos del enorme animal y jaló el gatillo. El mamífero trastabilleó herido, pero otros elefantes de la manada corrieron en estampida, cerca de donde él se escondía, y tiraba ya el segundo y tercero y cuarto disparos.

“Si matas a un elefante, puedes hacer muchas cosas en la vida. Yo, no tienes idea de cuántos elefantes he tenido que matar para poder ser yo mismo”.

 

III

Mauricio Fernández Garza cumplirá 60 años el 13 de abril de 2010. Es hijo de Alberto Fernández Ruiloba, quien falleció en 2005. Su padre fue un industrial que consolidó una empresa de pigmentos y óxidos. También fue miembro fundador del PAN de Nuevo León, pero carecía de un apellido con el mismo abolengo que el de la rama materna de Mauricio.

El abuelo del alcalde fue Roberto Garza Sada. Junto con su hermano Eugenio, era el capitán de la industria de Nuevo León. El abuelo Roberto también fue uno de los primeros ricos que abandonó la vieja colonia Obispado, ubicada en un cerro del corazón de Monterrey donde vivieron las familias más prósperas desde el siglo XIX, para luego trasladarse a San Pedro Garza García, un sitio al pie de la imponente Sierra Madre Occidental. Ahí, los millonarios locales compraron enormes extensiones de tierra y construyeron su utópica ciudad durante los últimos 40 años.

En los sesenta, Mauricio acompañaba a su abuelo Roberto a excursiones al cerro boscoso de Chipinque, lo mismo que viajaba con él a la ciudad de México para visitar la tienda de antigüedades La Granja, donde a los 12 años compró unas licoreras alemanas rojas del siglo XIX con animales grabados. Éstas fueron las primeras manifestaciones de una afición de coleccionista que mantiene hasta la fecha y que lo ha llevado a fundar tres museos donde exhibe algunos objetos.

Su madre, Márgara Garza Sada, también ha tenido una relación intensa con el mundo del arte. Fue mecenas del Museo Franz Mayer y del Rufino Tamayo, e inculcó a su hijo el gusto por el mundo cultural.

“Al hacer [de San Pedro] el municipio más seguro de México, El Chapo Guzmán, o cualquiera de ellos, va a querer venirse a vivir aquí. No se van a ir al más inseguro”.

De su padre, en cambio, aprendió el gusto por la política. Cada vez que se llevaban a cabo elecciones en Nuevo León, durante la era del régimen del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Alberto Fernández Ruiloba era el único panista que podía vigilar los comicios gracias a una acreditación expedida por la Secretaría de Gobernación. En una ocasión, cuando Mauricio tenía 13 años y acompañaba a su padre a supervisar la instalación de una casilla en San Pedro Garza García, ambos notaron que aunque apenas pasaban de las ocho de la mañana, dos urnas ya estaban llenas de votos. Mientras su papá discutía con los funcionarios electorales sobre el improbable suceso, Mauricio tomaba fotos a la paquetería electoral, evidentemente manipulada. La discusión en la casilla acabó a golpes y Mauricio salió volando de un aventón que le dieron los porros priístas, luego de destruir su cámara fotográfica. “Yo me inicié en la política así, volando y entre aventones. Y así sigo”, se jacta Mauricio.

Otra de las aficiones inculcadas por su padre fue la de disparar armas de fuego. Durante las cacerías de animales organizadas por su familia en los linderos del cerro de Chipinque, aprendió a tirar con una increíble precisión. Quienes lo conocieron en los años sesenta recuerdan que Rodrigo Bremer, su mejor amigo de la infancia, sostenía en la cabeza botellas de vidrio o ampolletas medicinales que volaban con los balazos que salían del revólver calibre .38, favorito de Mauricio a los 10 años de edad.

Mauricio cuenta que en los días de adolescencia, sin que sus padres lo supieran, llevó más lejos su gusto por las armas y comenzó a revender pistolas entre los agentes de San Pedro Garza García. “Yo creo que a los 12 años, yo era el abastecedor de armas de la policía de aquí”, dice. Cuando los policías terminaban sus rondas en lo que antes era un tranquilo poblado donde sólo había dos cantinas y un prostíbulo, pasaban por él para irse a cazar liebres a parajes silvestres que hoy son predios en los que el metro cuadrado cuesta hasta 800 dólares.

Durante aquellos años, Mauricio se recuerda a sí mismo como “un guerrillero que salía a escondidas por la ventana de la casa, con escopeta y pistolas” para sentarse en el cofre delantero de un Jeep de la familia, a esperar a que llegaran sus amigos policías. Adolescente precoz, casi estaba preparado para ir a una guerra: sabía usar ballestas, cuchillos, hachas, rifles y las ametralladoras de la época.

Ya desde entonces, Mauricio causaba controversia. “Había amigos míos a los que sus mamás no dejaban salir conmigo, porque decían que yo estaba loco”, recuerda entre risas.

 

Cortesía: Gatopardo

Cortesía: Gatopardo

IV

Tras estudiar Ingeniería Industrial en la prestigiada Universidad de Purdue, en Indiana, Estados Unidos, Mauricio Fernández Garza volvió a México y se casó con Norma Zambrano, integrante de otra de las familias adineradas de la ciudad. Para muchos en San Pedro Garza García eran la pareja ideal. A principios de los años setenta ambos se fueron a vivir a la ciudad de México. En la capital del país, a Mauricio le gustaba ir a La Lagunilla a buscar objetos curiosos y visitaba regularmente Morelia, Michoacán, donde conoció a un artista llamado Juan Torres, quien tenía una especie de casa-museo en Capula, la cual lo inspiró en parte para construir La Milarca, años después.

Durante esa época, Mauricio se fogueó en el mundo empresarial para asumir en los años ochenta la dirección general del proyecto Casolar del Grupo Alfa, el cual se encargó del desarrollo de varias zonas del país, como Las Hadas, en Manzanillo, Colima. Aunque algunos empresarios afirman que Casolar fue un fracaso, Mauricio asegura que en su momento “fue calificado como uno de los mejores proyectos inmobiliarios del mundo, aunque ahorita otra vez no vale nada”. Lo cierto es que en 1994, Mauricio tuvo posibilidades de ser el presidente del Grupo Alfa, el consorcio del que proviene la mayor parte de la fortuna familiar, junto con Cemex, compañía en la cual también tienen acciones. Ese año, su primo Dionisio Garza Medina y él, eran los candidatos que se manejaban para asumir la presidencia y la dirección general del grupo, pero según Mauricio, él decidió declinar.

—¿Por qué renunciaste a esa posibilidad?
—Porque yo pensé que Alfa necesitaba una sola cabeza, que lo mejor era que se conjuntara la dirección en una sola presidencia. Entonces, yo hice una propuesta, y bueno, toda la familia me la compró.

Por entonces, Mauricio ya había ingresado a la política como alcalde de San Pedro. Sus tres años de gobierno aún son recordados por amigos y enemigos, como los mejores en la historia de la ciudad. Abrió calles y las convirtió en amplias calzadas arboladas que son un orgullo local. Llevó servicios públicos a las desordenadas colonias de posesionarios y redujo los indicadores de pobreza, pero sobre todo, consolidó las condiciones para que San Pedro Garza García se convirtiera no sólo en el lugar de residencia de los ricos del norte del país, sino también en la sede de una veintena de corporativos financieros.

En lugar de la presidencia del poderoso Grupo Alfa, tres años después, Mauricio buscó la candidatura del PAN al gobierno de Nuevo León, pero la perdió frente a Fernando Canales Clariond, el primer mandatario neoleonés panista en la historia. Como no fue el candidato de su partido a la gubernatura, ese mismo año se postuló para senador y ocupó una curul entre 1997 y 2003. Allí presidió la Comisión de Cultura y se hizo famoso por sus corbatas de Mickey Mouse. También protagonizó una pelea pública con Felipe Calderón, entonces líder nacional del PAN, quien había emprendido una campaña para buscar, por supuesta ineficiencia, la destitución del gobernador del Banco de México, Guillermo Ortiz, a la fecha, amigo de Mauricio Fernández. A finales de los años noventa, firmó y pagó para su publicación un desplegado de apoyo a Ortiz, además de que encaró a Calderón, diciéndole: “Estoy dispuesto hasta a renunciar al partido si no se me permite discrepar”.

En general, no parecen ser buenos los recuerdos que tiene Mauricio de su experiencia legislativa y de las decisiones cupulares que, dice, ahí se dieron. “En el senado sí veías unas cargadas, para mí, muy cuesta arriba. Son grupos colegiados que de veras, para como se toman las decisiones, mejor que dejen a dos o tres senadores nada más, y a dos o tres diputados de cada partido, y ya. Así nos ahorraremos bastantes millones que bastante falta le hacen a la patria”.

En 2003, volvió a buscar la gubernatura de Nuevo León. Esta vez sí consiguió ser el candidato de su partido, pero perdió en la contienda frente a su amigo, el priísta Natividad González Parás. Días antes de que iniciaran esos comicios, un grupo de emisarios del cártel de Sinaloa se presentaron con él, en su oficina de Los Soles, para ofrecerle velices (maletas de mano, en México) llenos de dinero para su campaña a cambio de que si ganaba la gubernatura, ignorara el tráfico de drogas en el estado. Años después, en una entrevista que me concedió para Milenio Diario de Monterrey, me relataría este suceso y provocaría con ello uno de sus habituales escándalos en los medios de comunicación locales.

Tras la derrota en la contienda electoral de 2003, Mauricio se fue de pesca a Alaska y al volver anunció que se retiraría de la política para dedicarse a sus museos, patronatos culturales, así como a administrar sus empresas, una de ellas de puros, que le granjeó buenas relaciones en Cuba, incluso con Fidel Castro. Se convirtió también en uno de los activos promotores del Fórum de las Culturas que se celebró en 2007 en la ciudad, para el cual convenció a su amigo el pintor oaxaqueño Francisco Toledo, de que hiciera una escultura urbana de La lagartera, una de sus piezas más famosas.

Durante ese tiempo, además de separarse de su esposa Norma, dos hechos familiares causaron un gran impacto en su vida. El primero ocurrió el 15 de septiembre de 2006, cuando se desplomó en Toluca la avioneta en la cual viajaba Martell, su hijo de 18 años junto con otros cuatro jóvenes. El segundo fue el intento de secuestro de su hija Milarca en 2008, quien logró escapar de manera sorprendente gracias a las lecciones antisecuestro que había recibido años atrás. Este último suceso, según me dijo, fue definitivo para que volviera a la política.

 

V

Héctor El Negro Saldaña era considerado el testaferro del crimen organizado en San Pedro Garza García. Quienes lo vieron entrar a restaurantes y discotecas, lo describen como un hombre con cuerpo de jugador de futbol americano, que parecía medir casi dos metros y se desplazaba en un Lamborghini murciélago amarillo, que ni siquiera para los parámetros de una ciudad rica como San Pedro, pasaba desapercibido. El aviso “Nos reservamos el derecho de admisión” solía cumplirse a carta cabal, hasta la aparición de Saldaña y su banda, la cual además de armar escándalos, cobraba cuotas periódicas para “garantizar” la seguridad de los exclusivos lugares.

La carrera delictiva de Saldaña había sido meteórica en los últimos dos años. Tras comenzar en la década de los noventa como ladrón de automóviles con la protección de la policía judicial estatal, donde fue “madrina”, se había consolidado como uno de los jefes del crimen organizado en el área metropolitana de Monterrey. El 9 de enero de 2007 fue capturado por la desaparecida Agencia Federal de Investigación, acusado de distribuir cocaína en los bares del centro de Monterrey, pero una polémica decisión de un juez lo dejó en libertad al poco tiempo. Como en 1997 y 2004, cuando sobrevivió a sendos atentados en su contra, la suerte había estado de su lado.

Sin embargo, la buena racha se le acabó el 29 de octubre de 2009. Ese día murió según la autopsia practicada por el Servicio Médico Forense, aunque fue dos días después cuando su cadáver, el de su hermano Alan y el de otras dos personas, aperecieron en una camioneta Equinox estacionada en la calle Sóstenes Rocha, de la delegación Miguel Hidalgo del Distrito Federal. Sobre los cuerpos, encontrados tiesos como el cuero por un comandante de la policía judicial capitalina, habían sido colocadas dos cartulinas. Una decía: “JOB 38:15” y la otra: “Por secuestradores, atte el jefe de jefes”. Según reportes de la Secretaría de Seguridad Pública Federal, El Jefe de Jefes es el alias de Arturo Beltrán Leyva, el capo para el que supuestamente trabajaba Héctor El Negro Saldaña, antes de ser ejecutado.

Arturo Beltrán Leyva y sus hermanos son oriundos de Sinaloa, y en 2007 se separaron de la organización dirigida por Joaquín El Chapo Guzmán para montar su propio cártel. Según reportes de inteligencia federal, la familia Beltrán Leyva ha conseguido un pacto de convivencia con Los Zetas, a fin de operar en San Pedro Garza García y dejarle al brazo armado del cártel del Golfo, el control del resto de las ciudades del noreste del país, lo cual incluye Nuevo León, Tamaulipas y Coahuila.

A Mauricio también se le ha señalado públicamente por una supuesta relación con Arturo Beltrán Leyva. Un ex jefe de policía local me dijo que si esto fuera cierto, el nuevo alcalde estaría jugando con fuego. Según él, los narcos, después de hacer pactos, son tan silenciosos como buitres. Esperan su momento. Son siluetas con voz, un gobierno en la sombra. Todo indica, en las historias de mafia, que una vez dentro, es imposible retirarse a tiempo.

Mauricio rechaza que él sea un mafioso. Afirma que Tatiana Clouthier, su antigua aliada política y amiga personal, buscó a diversos magnates de la ciudad, los del mítico nombre de “El Grupo de los 10”, para acusarlo de narco. “Ella [Tatiana] pensó que yo estaba coludido y fue con los empresarios de aquí a decírselos. Le dijo a gente de la IP [iniciativa privada] que yo era el brazo político de los Beltrán Leyva, y ellos le dijeron que si alguien no está coludido con el narco soy yo, que me dejara trabajar, porque yo era el único que nos podía sacar de donde estamos en San Pedro”.

 

VI

No es la primera vez que se especula que empresarios de San Pedro Garza García tienen escuadrones de la muerte a su servicio. El 17 de septiembre de 1973 fue asesinado Eugenio Garza Sada, tío abuelo de Mauricio Fernández y uno de los empresarios más importantes del país. Un grupo de jóvenes guerrilleros de la Liga Comunista 23 de Septiembre trataban de secuestrarlo, pero Garza Sada, su escolta y su chofer iban armados y respondieron la agresión. Al final de la balacera habían muerto un guerrillero, los dos empleados y el empresario, presidente de la Cervecería Cuauhtémoc.

El asesinato conmocionó a la ciudad. Los industriales locales insultaron al presidente Luis Echeverría cuando se hizo presente en los funerales del magnate. Aunque Echeverría emprendió como ningún otro presidente moderno una cacería contra la guerrilla de los años setenta, en su discurso pseudorrevolucionario solía insinuar diversas críticas contra los burgueses de Nuevo León, quienes a su vez, lo cuestionaban por el manejo populista de la economía nacional.

La muerte de Garza Sada endureció el sentimiento antigobiernista que circulaba en el empresariado local y pronto empezaron a aparecer cadáveres de jóvenes guerrilleros que no necesariamiente eran asesinados por la Dirección Federal de Seguridad (DFS).

Para tratar de documentar la existencia de estos grupos, conseguí hace unos años que Manuel Saldaña, un hombre clave de entonces, me diera una entrevista. Tras muchos intentos nos vimos en el Nuevo Brasil, entre canciones de Joaquín Sabina y el sonido de las rotativas del periódico El Norte, que se encuentra a un lado de la céntrica cafetería. Saldaña había sido en esos años agente infiltrado de la DFS en la Liga Comunista 23 de Septiembre, aunque al final terminó ayudando a los guerrilleros. De acuerdo con él, sus reportes confidenciales eran entregados por igual a la DFS, la Policía Judicial del Estado y a un Departamento de Inteligencia creado por los empresarios locales, el cual operaba en las instalaciones de la Cervecería Cuauh
témoc. Quienes se encargaban de estas tareas, según Saldaña, eran Fernando Garza Guzmán por la policía judicial, Ricardo Mundell por la DFS y Adrián Santos, por parte de los empresarios neoleoneses. “Los empresarios tenían su cuerpo de inteligencia y tenían una red igual a la de la DFS”, dijo Saldaña.

Tras la muerte de Garza Sada, llegó a la ciudad Salvador del Toro Rosales, a quien se le conoció como el Fiscal de Hierro por la feroz persecución de guerrilleros. Antes de morir, este hombre me concedió una entrevista en la cual estuvo presente Héctor Benavides, uno de los periodistas más respetados de Nuevo León. En esa ocasión, Del Toro Rosales me confirmó la creación de los escuadrones de la muerte. La genésis de éstos, según él, fue la siguiente: “Dos o tres años antes del secuestro del señor don Eugenio Garza Sada, se tenía conocimiento de la existencia de diversos grupos subversivos que operaban en distintas partes del país; se sabía también que esos grupos cometían ‘expropiaciones’, como ellos le llamaban a los asaltos bancarios y secuestros de personas, con la finalidad de tener recursos con los cuales financiar su movimiento y la compra de armas. Entonces, toda aquella gente 
adinerada, como es el caso de don Eugenio [Garza Sada], eran candidatos a ser secuestrados sin necesidad de que el gobierno les avisara de esa situación. Muchos acaudalados hombres de empresa tomaron sus precauciones y fue cuando empezaron a nacer esos grupos de guardias personales”.

Su genio desparpajado para emprender proyectos en apariencia imposibles, lo convierten en alguien poderosamente atractivo, complejo y riesgoso a la mirada periodística

Unos días antes de concluir la redacción de este texto, la investigadora Ángeles Magdaleno me compartió un gran hallazgo que hizo en el Archivo General de la Nación. Se trata de un documento oficial desclasificado que contiene la declaración hecha por el cubano Juan Carlos Corbea ante la dirección de Seguridad Pública de Veracruz, en febrero de 1963, la cual se acompaña de una nota para el secretario de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz, donde se le informa que un grupo de empresarios de Monterrey está financiando un pequeño ejército que tiene como fin volver a Cuba y derrocar al naciente gobierno de Fidel Castro.

La declaración, escrita en papel membretado, dice: “Respecto a sus actividades en el país y de los campos de entrenamiento para cubanos anticastristas… que en el estado de Tabasco se encuentra ubicado el campo de entrenamiento en el lugar denominado MAL PASO al que se llega entrando por Cárdenas, a donde se encontraban como 400 cubanos a quienes cada mes les llevaba medicinas, zapatos y ropa que donaban en Monterrey algunas personas por conducto del Lic. Ricardo Margáin SUSAYA [sic], de la Asociación de Padres de Familia y la proporcionaban quinientos mil pesos cada mes, de lo que tomaba para gastos… Margaín, edificio del Banco Industrial, ubicado en calle de Juárez en Monterrey, N.L.”.
 Margaín Zozaya es el padre de Fernando Margaín Berlanga, el alcalde que le entregó el gobierno de San Pedro Garza García a Mauricio Fernández Garza el pasado 31 de octubre.

 

El alcalde, cazador... (Cortesía Gatopardo)

El alcalde, cazador… (Cortesía Gatopardo)

VII

Conocí a Mauricio Fernández Garza 10 años antes de que se convirtiera en un enfant terrible de la vida pública nacional. Cuando yo trabajaba en una estación llamada Radio Alegría, a la par que estudiaba periodismo en la Universidad Autónoma de Nuevo León, Mauricio ya era un heterodoxo de la política.

Junto con Tatiana Clouthier, me parece que es el político de Nuevo León más interesante que he conocido en persona, aunque a la vez, el más enigmático. Su brutal franqueza, inusual en un mundo donde el lugar común se prodiga y los reporteros lo repetimos como ecos amaestrados, así como su genio desparpajado para emprender proyectos en apariencia imposibles, lo convierten en alguien poderosamente atractivo, complejo y riesgoso a la mirada periodística. Quizá por eso pienso en Mauricio como crisol de Monterrey. Relatarlo a él, me parece, es relatar lo que es en parte mi tierra natal y sus peculiares contradicciones.

A finales de agosto de 2009, previendo que su gestión en la alcaldía seguramente daría mucho de qué hablar, le llamé por teléfono para plantearle la posibilidad de escribir un texto sobre él.
 —Quiero hacer un perfil tuyo para la revista Gatopardo —planteé.
 —Pero no tengo mucho dinero ahorita —respondió con desgano.
 —Con que no nos cobres está bien —le dije riendo. 
—¿Cuándo quieres que nos veamos? —preguntó seco.

Cuando tuvimos la primera entrevista en su despacho privado del edificio Los Soles, un laberinto de oficinas inmobiliarias, fiscales y de abogados donde se concentra buena parte del poder privado, me dijo que mandaría a su familia fuera del país, ya que su proyecto de “blindaje”, además de implicar el brincarse trancas legales, era algo riesgoso.

Durante los últimos seis años, las extorsiones de la mafia a negocios y a profesionistas, ya comunes en muchos lugares del país, empezaban a acechar también a San Pedro Garza García. Para nadie es un secreto que en los otros siete municipios que conforman el área metropolitana de Monterrey, grupos de hombres armados y protegidos por Los Zetas o la organización de los hermanos Beltrán Leyva, cobran cuotas periódicas a empresas, comercios informales y profesionistas.

Ante tal panorama, Mauricio, quien considera que la criminalización de las drogas ha provocado el aumento de otros delitos, me decía que tenía que enviar un mensaje fuerte a los pequeños grupos criminales para que no aprovecharan el poder de los grandes cárteles del narco y realizaran por su cuenta extorsiones, secuestros, y robos. “Siento que San Pedro es el que más o menos la libra en el área metropolitana, pero lo demás sí está muy complicado”.

Mauricio me aseguraba estar consciente de que un lugar como San Pedro Garza García tiene condiciones únicas gracias a su inmejorable ingreso per cápita, pero que estas condiciones “había que resaltarlas”, aunque tal cosa provocara que “al ser el municipio más seguro de México, El Chapo Guzmán, o cualquiera de ellos, va a querer venirse a vivir aquí. No se van a ir al más inseguro”.

“Ante eso: ¿Yo como alcalde a qué le debo de tirar?”, se preguntaba. “Pues a tener el municipio más seguro, ésa es mi chamba. Si eso provoca que venga esta gente, pues ahí están las instancias federales correspondientes para buscarlos”.

Para su cruzada contra las extorsiones y el secuestro, Mauricio me dijo también que contaba con el apoyo de los empresarios más importantes de San Pedro Garza García, así como con el respaldo de un hombre clave en la inteligencia del país: Jorge Tello Peón, ex director del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen), quien vivió varios años en esta ciudad, donde trabajaba como encargado de seguridad del Grupo Cemex, antes de convertirse en asesor del presidente Felipe Calderón en asuntos de seguridad nacional.

…lo definió como “El llanero solitario” y aseguró que Mauricio “respaldado en lazos sanguíneos, poder económico y político, se siente lo suficientemente protegido”.

Mientras charlábamos en su oficina, Mauricio interrumpió la conversación un par de veces. La primera para atender a un artesano de San Luis Potosí que lo visitaba para pedirle apoyo económico con el fin de montar una feria de arte popular; la segunda, cuando llegó un alto directivo de TV Azteca con quien se reunió 10 minutos en otra oficina del despacho.
—¿Y si te desaforan? —le pregunté cuando volvió. —¿Quién me va a desaforar? 
—Pues la gente que se inconforme con lo que hagas. 
—¿Y quién sabe qué estoy haciendo? Yo te voy a decir que voy a hacer cosas, pero no te voy a decir al detalle. Y además ¿quién me va a acusar si estoy haciendo qué? No creo que el propio crimen organizado diga: “Hey, mira el alcalde tiene un sistema de inteligencia y me anda espiando”. 
—Entonces, ¿para qué andar amagando que habrá comandos rudos y limpiezas? 
—Cuando hablas de estos temas de blindajes, tú confrontas los problemas. Estos temas son tan complejos que yo los confronto con la gente. Yo así soy. Yo debo decirle a la ciudadanía: “Miren, así está el huato, y así está el rollo, y ésta es la tarea. Y si queremos arreglar esto, tenemos que hacer un blindaje que requiere esto”, y esto es lo que yo haré, y vamos a limpiar esta ciudad. A lo mejor no te digo al detalle cómo, pero de que la vamos a limpiar, la vamos a limpiar, de eso no hay duda.

 

VIII

El discurso de Mauricio en su toma de protesta se metió a la discusión nacional durante los días siguientes. Carlos Marín escribió en Milenio que con “suicida temeridad”, el alcalde se había colocado bajo dos miras: “La letal de las organizaciones criminales que andan cazando a servidores públicos… y la ministerial de orden penal”. Raymundo Riva Palacio, en Eje Central, lo definió como “El llanero solitario” y aseguró que Mauricio “respaldado en lazos sanguíneos, poder económico y político, se siente lo suficientemente protegido”. En una columna publicada en el diario Reforma bajo el título “¿Escuadrones de la muerte?”, Miguel Ángel Granados Chapa advirtió que “mediante escuadrones de la muerte parecería que la sociedad se hace justicia a sí misma, al margen del Estado. Es clara la barbarie que eso implica, porque los asesinos organizados hoy matan a presuntos delincuentes pero mañana pueden actuar contra usted”.

En medio del escándalo desatado, me entrevisté con un antiguo amigo de Mauricio que supo que yo estaba haciendo un perfil sobre él. Quería contarme que Mauricio ya no era el mismo de antes, aquel que había cautivado a la metrópolis por su franqueza para hacer política y por los aires liberales con los que se movía. Según él, Mauricio aunque no lo reconociera, estaba derrumbado íntimamente a causa de sus tragedias familiares y estaba llevando a un errante fin su paso triunfal por la vida pública de Nuevo León. Hace un año, durante una cena, me aseguró que le dijo: “Mauricio, cuando ya no nos queda inspiración, es mejor dejar de inspirar”. Pero el alcalde ni siquiera se dio por enterado.

Tatiana Clouthier, vecina de San Pedro Garza García e hija del Maquío, uno de los iconos del panismo, me recibió un domingo en la mañana en su casa, donde se curaba de una tos. Mientras charlábamos, organizaba también el día de descanso de sus hijos más pequeños. Madre de familia de grandes ojos azules que corre maratones y enarbola causas ciudadanas, me dijo que hasta hace un par de años había sido una “mauricista de hueso colorado”.

El desencanto que le provocó Mauricio a Tatiana, se hizo evidente a mediados de 2009, cuando, con el Partido Nueva Alianza, Tatiana compitió con él por la alcaldía de San Pedro Garza García y llegó a denunciarlo ante las autoridades por unas grabaciones reveladas por la revista electrónica Reporte Índigo, en las cuales Mauricio hablaba sobre la presencia del cártel de los Beltrán Leyva en la ciudad.

De acuerdo con Tatiana, meses antes de los comicios, fue a avisarle a Mauricio que buscaría la alcaldía. En su oficina de Los Soles, éste le respondió que él también lo haría, porque ya no tenía nada que hacer en la vida, porque se había querido regresar a su casa, “y se dio cuenta de que no tenía familia”, le dijo, según Tatiana.

Cuando le pregunté sobre la supuesta visita que hizo a los empresarios para advertirles que Mauricio estaba ligado con los narcos, Tatiana me contestó que tal cosa era falsa. Que realmente no tenía acceso a la mayoría de los principales empresarios conocidos como “El Grupo de los 10” y que sus denuncias contra Mauricio siempre fueron públicas. Ese día que hablamos, Tatiana estaba preocupada por la euforia que había provocado el discurso de Mauricio. “Mucha gente es cortoplacista. Celebra lo que dijo Mauricio pero no vemos lo que está pasando ahorita. El procurador debería actuar, porque si el Estado permite la violación a los derechos, entonces la ley se cumple al antojo del gobernante. Y al rato, si hay un litigio con el gobernante, ponle Mauricio o ponle el que sea, él va a resolver las cosas como quiera”.

Para Tatiana, más que la inseguridad, lo que ha aumentado en San Pedro Garza García durante los últimos meses, ha sido la psicosis, gracias a mensajes electrónicos y llamadas telefónicas de extorsionadores. “Hace poco hablaron a la casa de un vecino y contestó su hijo y le dijeron que tenían secuestrados a sus hijos. El niño les respondió: “Yo no tengo hijos, soy niño”, cuenta. Sin embargo, también reconoce estar enterada de algunos secuestros recientes, como el de un yerno de Gustavo Valdés Madero, uno de los santones del panismo local.

Felipe Calderón debería impedir que sigan sucediendo cosas extrañas en San Pedro Garza García, considera esta mujer que renunció al PAN en 2005. Sin embargo, ve complicado que tal cosa ocurra, ya que cuando el actual presidente renunció a la Secretaría de Energía en 2004, Alejandra Fernández Garza, hermana de Mauricio y consejera panista local, se encargó de pasar la charola entre los empresarios locales para seguirle dando un sueldo a Calderón, quien tras su renuncia se había quedado sin ingresos y tenía pendiente el pago de la mensualidad de su casa.

Durante las casi dos horas en las que charlamos, Tatiana estuvo recordando su participación en diversas campañas políticas, siempre al lado de Mauricio, a quien veía como uno de los políticos más visionarios. “Pero Mauricio ya no es el mismo de antes. Desde la segunda campaña por la gubernatura, Mauricio empieza a tener una descomposición y ahora nada más mira quienes son sus amigos”, insistió para luego decirme los nombres de esos amigos: los ex gobernadores del PRI, Natividad González Parás y Jorge Treviño, así como el de Rogelio Cerda, un antiguo secretario de gobierno hoy diputado federal, que fue señalado públicamente por supuestas ligas con el narco. “Mauricio está mal en muchos sentidos. Hace unos días vino un periodista y me dijo que le pidió la entrevista y Mauricio le dijo: ‘No te la puedo dar porque ando ahogado’. Yo había sido mauricista y la verdad es que me duele… Creo que ahora Mauricio quiere ser inmolado y quiere la estatua de Juanito, eso me queda cada vez más claro”.

La campaña que lanzó al llegar a la alcaldía para realizar justicia por las buenas o por las malas en contra de secuestradores y extorsionadores, puede acabar en tragedia, considera Tatiana, quien me asegura que hace unos meses, un grupo de vecinos contrataron a un matón para que acabara con un asiduo ladrón de su barrio. “Todo esto que está pasando es a causa de que con el gobierno de Natividad González Parás quedó la sensación de que la justicia no se impartía en los tribunales, sino en algunos influyentes despachos de abogados”.

 

IX

El sábado 7 de noviembre, exactamente una semana después de su toma de protesta, volví a La Milarca. El alcalde estaba contento, satisfecho con lo que había provocado. No parecían importarle demasiado las críticas de los analistas nacionales y resaltaba el apoyo recibido en blogs, Facebook, Twitter y cartas que le han llegado en los días recientes. Parecía un chico divertido que entre pose y pose, frente al fotógrafo de Gatopardo, llamaba en su jardín a Frida, su inseparable mapacha, que había desaparecido repentinamente. Ya luego, en la sala de la casa, justo cuando posaba junto a unas catrinas tamaño natural, uno de sus escoltas apareció detrás de Frida, la cual había atorado su cola en una puerta y ahora entraba de manera triunfal a la residencia.
 —Dicen que estás loco —le comenté de repente.

—Pues normal, normal, no soy —respondió con una ligera sonrisa.

Mauricio me explicó que todo lo que había sucedido en la semana, estaba calculado. “Mira, ya lancé el granadazo para dar una sacudida a esto y para que nos pongamos a repensar el tema de la seguridad”.

Sin embargo, dos días después de que nos vimos, durante una gira del presidente Felipe Calderón por la ciudad, vi de lejos cómo cambiaba el semblante de Mauricio, cuando el mandatario, sin nombrarlo, lanzaba un claro mensaje contra él, diciendo que nadie podía estar por encima de la ley. Mauricio estaba sentado a un lado del general Cuauhtémoc Antúnez, comandante de la Séptima Zona Militar, quien antes de que hablara el presidente Calderón se acercaría a decirle: “Qué bueno que hizo lo que hizo, porque despertó conciencias”, pero después, durante una reunión privada con alcaldes, disparó un dardo contra Mauricio al asegurar que los soldados no eran matones, sino una instancia indicada con capacidad jurídica para enfrentar los problemas de delincuencia, “algo que no se resuelve con un grupo que actúa fuera de la ley”.

Al siguiente día, supe que Mauricio había sido citado a declarar ante la PGR por la muerte de Héctor El Negro Saldaña, mientras yo revisaba unas fotografías de distintas ocasiones de su vida en su despacho ubicado en el edificio de Los Soles. En algún momento de la mañana, la secretaria privada del alcalde hizo una mueca de asombro tras atender una llamada telefónica. Una señora había llamado para preguntar a qué número de cuenta bancaria podía realizar un depósito para apoyar la creación del comando rudo que Mauricio andaba promoviendo para blindar a San Pedro Garza García de los secuestros y las extorsiones de la mafia.

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